4/5/10

Malizias (1/5/2010



   No creo en la casualidad, es más pienso que no existe, pero tengo fe en la causalidad. Casi con seguridad: el azar es, sólo, un sutil intento de calificar los hechos que no comprendemos, ni tenemos esperanza de comprender. Aunque seguramente hay muchos que no estarán de acuerdo y que darían sólidos argumentos en contra de esta idea. Pero he dejado de creer en argumentos sólidos y sólo creo, desde que se me pasó el tiempo de la credulidad, en mis propias intuiciones, para las que tengo una fe cercana a lo inconmovible. Debo aclarar que, mayormente, sólo me ilumino en el territorio de los hechos naturales o abstractos, para lo que poseo una especial facilidad, mientras que en aquellos que se refieren al resbaladizo dominio de los motivaciones humanas, habitualmente me confundo.
   Ocurrió que ni Miguel ni yo conseguimos compañeros para una expedición de fin de semana a la zona SW de la Red del Gándara. Seguro que no fue casual. Nuestra intención era vivaquear el viernes en el campamento, utilizar el sábado para el reconocimiento de la zona remota en el sector de Muguet, volver a dormir en el vivac y salir muy temprano el domingo. Pero los invitados a la expedición tenían ya otros planes que no podían -o no querían- eludir de forma tan precipitada. Realmente muchos lo supieron con dos días de antelación. Así que la prudencia nos aconsejó dejar ese proyecto para más adelante y realizar una entrada a la Red del Gándara de un solo día, que nos permitiera contar con más compañeros o al menos, si sólo íbamos dos, realizar un actividad más modesta.
   Los hechos se encadenaron de forma no casual. Manu contactó en la reunión del viernes con Alicia y Carlos, que se sumaron a la actividad. Julio mostró su intención de venir también. Por lo que me contaron después, otro grupo, de unas cinco o seis personas, liderado por Miguel SCC y Eva, también tenía intenciones de visitar la Red del Gándara. Muchas personas tenían intenciones paralelas. Pero la cueva es inmensa y aunque varios seres humanos se moviesen a la vez por sus laberintos podrían estar toda la eternidad deambulando sin encontrarse. Sin embargo intuyo que el encuentro se produciría a renglón seguido de desear encontrarse, pues es la fuerza de la intención, y no la oscura e irreal fuerza del azar, la que dicta, mayormente, el curso que siguen los hechos de la existencia.
   Julio tuvo suerte de no quedarse sin excursión, ya habíamos arrancado los motores de los vehículos cuando se presentó a toda prisa, unos segundos más y no nos hubiera encontrado en la estación FEVE de Solares. Con la precipitación de querer llegar a una cita, le dejamos apenas unos instantes para cambiar sus cosas a la furgoneta de Alicia. Mientras, ni siquiera apagué el motor. En realidad habíamos pensado que, como es habitual en él, llegaría muy tarde y que, finalmente, tendríamos que marcharnos sin su compañía. Han sido tantas las veces que nos ha hecho dejarle en tierra que fue una agradable sorpresa verle llegar con tan pocos minutos de retraso. Algo me dijo que esto no era casual.
   Al llegar a Ramales, en un primer vistazo, no vi a Miguel. Estaba sentado en su destartalado vehículo, aparcado en la placita de atrás de la iglesia, mirando unos papeles. Dos minutos después de las presentaciones reglamentarias enfilamos el valle de Soba. La mañana estaba cargada de amenazas de lluvia pero, el azar nada tenía que ver con ello, no llovía. Mientras Miguel conducía me puso al tanto de las actividades de nuestros amigos de Espeleo50. En días anteriores había albergado la ilusión de hacer la Triple Travesía del barranco de la Sota con ellos -y con Miguel- este fin de semana. Pero las fechas de los fines de semana suyos y míos formaban, sin duda no casualmente, un ajedrezado perfecto.

   Los preparativos para visitar la cavidad no se prolongaron. A las diez estábamos entrando en la cueva y el ritmo del grupo era bueno. Apenas descansamos hasta bien mediado el recorrido y unas dos horas después de entrar la necesidad de colocarnos el equipo de verticales completo nos permitió un respiro. En este característico pasaje Miguel intentó una ruta alternativa para no tener que subir el resalte de siete metros, pero un paso agaterado, sumamente estrecho, nos disuadió de ello. El mejor camino es el que habíamos seguido las veces anteriores. Continuando a un ritmo similar, antes de la una ya estábamos entrando en una gran sala. 


   El pasamanos de entrada a la Sala, que más parece una tirolina, tiene una amplia comba que obliga a colgarse casi por completo de una cuerda bastante fina. Ésta chiclea de forma alarmante, y podría estar deteriorada por las condiciones ambientales. Recordaba la otra vez que me colgué como un momento de incertidumbre y, además, los anclajes están muy oxidados. Para evitar desgracias reforzamos un extremo del pasamanos con un parabolt de acero inoxidable y tendimos otra cuerda a todo lo largo del pasamanos, duplicando la instalación. Quedamos muy satisfechos con el incremento de seguridad. Aunque no sea el azar el que dicta lo que ha de pasar, nunca sabemos en estos temas quién o qué es lo que va a fallar y cuándo. En general los fallos son humanos, debidos a la falta de atención o de conciencia sobre lo que se está haciendo. No fue casualidad que uno de los compañeros resbalase en el centro del pasamanos y quedase colgando, con un fuerte tirón de las cuerdas, sometiendo toda la instalación a una súbita demanda de resistencia.
   Recorrimos la Sala hasta el fondo lejano por la zona central más elevada. Colgando del techo grandes coladas con cascadas ocupan una gran parte de su superficie. Luego descendimos entre bloques hasta una esquina con la esperanza de que unas fisuras ascendentes, que habíamos localizado en la ocasión anterior, nos permitieran alcanzar la parte alta de la Sala. Digamos que en el mismo techo, se intuye un laminador. Miguel y yo anduvimos un buen rato intentando encontrar, sin éxito, una ruta por esas fisuras. Reunidos de nuevo todos, parte del grupo afirmó que tenía hambre. Pero, para mis adentros, pensé que era mejor seguir buscando una continuación antes de empezar la fase de relajación que viene después de la comida.
   Teníamos dos opciones: instalar un largo pozo, en cuyo fondo se oía un río, o, siguiendo los pasos de Mavil este verano, continuar por la hundida parte final de la sala. Decidimos por simplicidad hacer esto último. Miguel encontró un paso de acceso a otra sala, mediana, con muchas coladas sobre bloques. Al final de esta sala continuamos avanzando, con dificultades, por un conjunto de gateras y pequeñas galerías. De vez en cuando Miguel o yo nos adelantábamos un tramo para verificar las posibilidades de proseguir. Y parecía que esas posibilidades eran cada vez más pobres.
   Una larga gatera rectilínea, con el suelo de colada resbalosa y perfil en chimenea debería, razonablemente, haber acabado en obstrucción. Pero girando a la izquierda desemboqué en un amplio meandro, muy alto, con reverberaciones. Escalando en chimenea a la parte elevada, el meandro se convirtió en una sala cuajada de formaciones estalagmíticas -muy grandes-, coladas y una infinidad de macarrones en el techo. Allí comimos, hicimos fotos, disfrutamos del paisaje y visitamos algunas derivaciones interesantes. Un rincón inolvidable de la Red del Gándara.
   Antes de las cinco comenzamos la vuelta. Fuimos sin pausa hasta el resalte y allí paramos a descansar, beber líquidos y, algunos, fumarse un liadillo. Es un lugar ideal para divertidas malizias sobre la diversidad de los espeleólogos, el poder y la gloria. Sobre el amor, la soledad y la necesidad. Sobre la vida, la juventud y la madurez. Estábamos a dos horas de la salida pero suficientemente escondidos en una zona remota de la cavidad. Nos sentíamos satisfechos con nosotros mismos y disfrutábamos de una realidad aparte de la que podíamos salir en cuanto deseáramos. Un estado de equilibrio casi perfecto. 


   Hasta las cercanías del Delator fuimos juntos pero luego puse el turbo. Al final de las agachadas me tumbé sobre una plancha de roca plana, ideal para esperar en la oscuridad. Escuché voces de otro grupo que se alejaba en dirección a la salida pero seguí soñando despierto después de emitir sonidos extraños a propósito. Alcanzamos al otro grupo, diez espeleólogos de Madrid, en el pasamanos de las Alizes, a cinco minutos de la salida. 




   Llevábamos varias horas sumidos en luz artificial de leds y rodeados por decorados minerales cuando vimos el hermoso atardecer... Eran las ocho de la tarde pasadas. Los colores de una primavera radiante, las nubes nítidas, los claros azules, el sol rasante cercano a la puesta, las charlas distendidas alrededor de las bebidas. Nada casual.

No hay comentarios: