25/6/17

Neptuno


09/06/2017

A lo largo del mes de junio debía sacar adelante varias sesiones fotográficas. Una de ellas en la Cueva Neptuno de la Cala Aguilar, cercana a Cartagena. El día nueve de junio conseguí que dos amigos, Antonio(dF) y Lola, se vinieses para hacer una pruebas. Quedé con ellos temprano, en una gasolinera cercana a Espinardo, y nos fuimos hacia Mazarrón en el coche de Antonio(dF). Se paso una hora intentando que el Tomtom le guiara de forma efectiva hacia nuestro destino: Campillo de Adentro. Parecía constituir un principio ineludible el uso de aquel cacharro incordiante.  Considerando la terca atmósfera que generaba la tecnología decidí entretenerme enredando un poco y charlando con Lola.  
Desde Campillo de Adentro avanzamos por la pista que conduce al Bolete hasta que rodar con el coche se puso un poco difícil. No quise animar a Antonio(dF) a continuar con su todocamino por si se complicaba todavía más. En consecuencia sacamos los trastos, repartimos peso y nos pusimos en marcha. Lola pregunto que cuanto se tardaba: una hora y media. El sol estaba matizado por nubes finas que aplacaban la radiación. Al principio la pista llanea y luego baja, trazando amplios zigzags, hacia la casa de la guardia civil. Poco antes de llegar a esa antigua casa se toma un ramal de la pista hacia la izquierda que acaba transformándose en una buena senda. Se trata de un sendero GR que recorre la costa. Desde ese punto, caminando sin prisa, en menos de media hora se alcanza Cala Aguilar.
Durante la instalación de la diminuta sima le dije a Antonio(dF) que no me marease. Su punto de vista era el del macho superprotector. Como teníamos pocas chapas y sólo treinta metros de cuerda opté por el proyecto más económico: un tramo ladeado hasta la plataforma y otro tramo directo al suelo de la cueva. En menos de diez minutos estábamos bajando la rampa arenosa que conduce a la orilla del lago. Me descargué y empecé a estudiar el encuadre. Finalmente elegí uno que me pareció ideal. Sin embargo más tarde, al ver las pruebas, comprobé que la ratio azul/roca es un poco escasa. Si aumentase la cantidad de lago azul se incrementaría el impacto visual. Cuando vayamos a hacer las fotos reales me lo pensaré de nuevo.
Primero hice fotos sin flash intentando que se quedasen muy quietos. El lago y la roca quedaron geniales pero los modelos movidos. Luego hice fotos con flash en las que los modelos quedaban congelados pero el paisaje en sombras. Con las pruebas hice una fusión entre una toma de tipo exposición y otra de tipo flash en las que todo quedo aceptablemente pasable, pero no todo lo bien que me gustaría. Mientras aumentaba mi colección de tomas los modelos se bañaron. Luego me bañé yo.
Un rato después bajo un grupo de turistas con la empresa Portuskayak. Aproveché para tomar algunas fotos del grupo contra el azul profundo del túnel submarino. Recogimos todo y en diez minutos estábamos fuera. La Cala Aguilar nos ofreció un baño extraordinario. El agua estaba en su punto, no tan fresca como en el lago marino pero tampoco como el caldillo de agosto. Por mi me hubiera quedado hasta más tarde disfrutando del mar salao pero Antonio(dF) quería beber cervezas y comer en un sitio de mesa y silla. Nos pusimos en marcha pensando en la cuesta arriba que nos esperaba en plena siesta. Generosamente Antonio(dF) nos ofreció quedarnos en la casa de la guardia civil con todas las mochilas. Él iría mientras tanto a por su todocamino y volvería hasta la casa y nos recogería. Encantados con la situación Lola y yo nos refugiamos bajo una buena sombra, picamos algo y charlamos de todo un poco.
El pito del coche de Antonio(dF) se oía tan bajo que cuando nos vinimos a dar cuenta estaba enfadado. Por el camino de vuelta recogimos a una familia, padres y dos niñas, desfondados por el sol. Nos encaminamos directamente, por la rambla, a Antípodas en la Azohía. El camarero dijo que no tenía nada para comer, solo almendras y aceitunas. Antonio(dF) se indignó pero todos acabamos comprendiendo que las costumbre españolas imponen, a media tarde, un descanso en la cocina para que las cocineras puedan aguantar el segundo asalto de las cenas. Nos comimos el jamón ibérico y las avellanas que yo había llevado con cerveza. Como no tenía que conducir yo me bebí un montón de botellas. Eso me alimento de sobra.
            La vuelta constituye un episodio algo borroso. El sol que habíamos tomado y las cervezas que ingeridas hacían su efecto. Casi todo discurrió sin sobresaltos salvo una peligrosa maniobra que nos implicó. Un coche con gallos jóvenes se nos cruzo para adelantarnos, algo que saco de quicio a Antonio(dF). La situación de peligro inútil y gratuito nos llevó a hablar de muchos temas. Pero el que más tocamos fue el de la estúpida educación familiar moderna en que nada parece estar en su lugar. Él es un abuelo muy consciente…  Y yo también.





25/06/2017

Poco después de salir de casa me di cuenta que no llevaba el móvil. Olvidado quedado había encima de la mesilla. Me preocupé muy poco tiempo por ello. Las citas estaban fijadas y si algo no salía como había previsto no iba a pelearme con el destino. En realidad lo consideré una liberación. En Canteras me paré a tomar un cortado y a considerar la situación general. Bien visto era todo un triunfo haber citado para la foto a Marta y Celia y tener como acompañante a Pedro. Sin embargo las citas fallidas eran tantas que no podía creer en el éxito hasta tanto no se hubiera acabado la acción.
Era temprano, poco más de las nueve, pero en el Portús aparcar no estaba nada fácil. Conseguí meter el coche en una zona de sombra, en el extremo nordeste del pueblo, cerca de la valla de protección contra desprendimientos. El pescador Julián y su barca había sido una de los muchos contactos e intentos que había desarrollado entre La Azohía y el Portús a lo largo del fin de semana anterior. Varios pescadores y varios centros de buceo me habían dado una negativa por razones legales o por falta de interés. Solo dos posibles candidatos habían sido positivos. El centro de buceo Amigos del Azul nos llevaba por 20€/persona en días laborables pero en festivos y fin de semana les era imposible. El pescador Julián nos llevaba por 25€/persona en fines de semana. Acordamos que nos recogiera el domingo día veinticinco a las nueve y media en la playita del Portus.
Al filo de la hora de cita vi pasar el VW de Pedro buscando aparcamiento. Les hice señas con la mano pero no me vieron y continuaron hacia la salida del pueblo en donde, seguramente, habría más sitio para aparcar. Del pescador y su barca no había ni rastro. Si pasaba algo -y me llamaba- no tenía forma de contactar. Unos minutos después llegaron Pedro y las chicas y me presentaron a Celia. Volviendo la mirada a la playa vi un barquito de pesca con un chico encima. Le hice señas pero no pareció darse por enterado. De detrás de mí surgió Julián, un hombre fornido con pinta de pescador. El de la barquita era su hijo.
La barca, de poco calado, se acerco a la orilla. Las olas apenas rompían. Embarcamos descalzos y Julián estibó las mochilas en un compartimiento seguro cercano a la proa. Navegábamos hacia Cala Aguilar muy cerca de los acantilados. Aproveché esta oportunidad única para escudriñar los escondidos rincones de la costa. Cerca del risco que llaman Cigarro –o Puro- observé un sistema de pasamanos, con cuerdas nuevas, que permitía llegar hasta su base. El mar estaba bastante tranquilo y más, si cabe, al acercarnos a la Cala Aguilar. Desembarcamos de un saltito sobre la playa de grava. El agua estaba cristalina. Citamos a Julián para las cuatro de la tarde aunque, por mi parte, yo me hubiera quedado hasta el atardecer.
Pedro no quiso acercarse hasta la entrada de la cueva Neptuno por la empinada senda. Su rodilla no le deja mucha movilidad. Creo que se trata de los ligamentos cruzados. Marta, Celia y yo subimos con todos los trastos. Yo tuve que hacer dos viajes: la mochila de material fotográfico, la mochila de cuerdas, escalas, mosquetones, arneses y elementos de seguro y mi pequeña mochila de cositas de comer y cositas de baño. Cogí un buen recalentón en pocos minutos.
Al ponerles los arneses a las chicas me lleve un gran susto. De los dos arneses que traía el primero que cogí se lo intenté poner a Celia. Pero como es tan menudita no había manera de ajustárselo. Esos dos arneses los había cogido prestados del material de Joaquín y me entró la terrible sospecha de que eran demasiado grandes. Por suerte el otro arnés le ajustó de maravilla. Les expliqué el manejo de los cabos de anclaje y como son inteligentes lo entendieron a la primera.
La instalación de la pequeña vertical me llevo poco tiempo y poco discurrir. Volví a subir para que bajásemos los tres juntos y, también, a por la saca de material fotográfico. Para el último tramo de bajada las aseguré con un descensor ocho. En cuanto nos despojamos de los arneses bajamos a la orilla del lago. El frescor era gratificante. Mire el azul intenso. La piscina más hermosa que pueda imaginarse.
La siguiente hora me la pasé subiendo y bajando por la pedrera para encontrar ese encuadre genial en que el agua ocupase la mayor parte de la escena. Como alternativa a lo que había probado el día 9 me fui al extremo izquierdo del lago. Después de un montón de disparos de prueba y de intercambiar los objetivos llegué a la conclusión de que el encuadre equilibrado que más agua mostraba era el del día 9.
Antes de empezar a disparar a las modelos hice unas cuantas fotos del paisaje con exposición prolongada. Mientras yo hacía eso ellas se vestían con los trajes en una zona algo más plana. Nos tiramos entre una y dos horas haciendo tomas con los dos trajes iniciales. De alguna manera la cosa osciló entre una actitud meramente contemplativa, a la que ellas llamaban metafísica, y otra en la que mostraban una débil sonrisa, a la que yo llamé Gioconda. Cuando agotamos las posibilidades de expresión, cambios de postura y cambios de posición me propusieron cambiar de vestidos.
Los primeros habían sido largos y de colores fríos: verde para Celia y azul suave para Marta. Ahora iban a ser blanco para Celia y azul oscuro, casi negro, con lentejuelas para Marta. Para cambiarse montaron un segundo vestuario algo más abajo y, quizás, más cómodo que el primero. El ambiente fresco hacía que el trabajo fuera agradable. Se empezaron a oír voces arriba. Venía un grupo. Cuando estábamos con las fotos aparecieron varios visitantes que se pararon un poco más arriba para no interferir. Hablé con ellos. Eran de un nuevo grupo de escalada/senderismo afincado en Ceutí. Entre ellos había una chica que me reconoció como su profesor de matemáticas -3º ESO- en Archena. Por su parte ella se había convertido en profesora de inglés.
Seguimos haciendo fotos pero dejé que las modelos se inventaran la escena. Hicieron un poco de todo, incluso peinarse la una a la otra. El grupo de Ceutí  había invadido el escenario y un grupo de Portuskayak se disponía a hacerlo también. Cuando pregunté la hora eran las dos y media. Hicimos la última toma, recogimos los trastos y nos dimos un baño de azul profundo. A Celia le costó un ratito entrar porque, según dice ella, es friolera.
Mientras terminaban de cambiarse subí a la base de la sima y realicé dos porteos hasta la repisa intermedia con las sacas. De esa forma pude ahorrar algo más de tiempo para poder estar fuera con Pedro. Desde la repisa intermedia aseguré a las chicas que treparon sin problemas ayudándose un poco de las escalas. Mientras ellas seguían hacia arriba por el pasamanos recogí las escalas y la mayor parte de los trastos. Finalmente salimos al caluroso exterior recogiendo el resto del material. En la playa nos esperaba Pedro. Me refugié bajo los toldos de Portuskayak pero las chicas y Pedro se quedaron justo donde la barca nos iba a recoger. Un baño genial en el mar nos hizo sólidos de nuevo. Aunque yo iba acusando el cansancio acumulado.
         La vuelta en la barca fue algo más movida. Soplaba viento de proa y el oleaje era notable. Las salpicaduras y los vaivenes me preocuparon por un momento. Pensé que el agua podría entrar en el compartimento en el que iba la mochila con las cámaras. Pero Julián me dijo que no pasaba nada. Como se había nublado un poco el sol no nos castigo en exceso. En la playa de El Portús le pagué a Julian lo estipulado y le hice propuestas de disminución de costes para otras ocasiones. Me pareció un tipo majo. Tras una deliberación corta decidimos parar a comprar cerveza en el mesón que hay en Galifa bajando al Portús. Pero la parada se convirtió en una sentada frente a una ensalada y unos pescados en salazón. Delicioso si lo mezclas con una cerveza helada. Luego Pedro fue a dejar en su casa a Celia y yo fui a casa de mis primos directamente. Mientras llegaba Pedro charlé un poco con mi prima Marijose. El resto de la tarde nos la pasamos, Pedro y yo, hablando de cómo va el mundo. Sin duda nuestras manera de enfocar la situación hubiera sido tachada por casi todos mis conocidos como políticamente incorrecta. A nosotros nos sirvió como una manera de soltar lastre. No es asunto que vaya a tratar en este blog, ni discutir en ningún otro sitio, dado que eso no cambiará nada de lo que está ocurriendo…



1/6/17

Azul Celeste



La improvisación, aprovechar la oportunidad, puede llevar a hermosos resultados cuando la fortuna sonríe.  Varios años ha que deseaba tomarle unas fotos a Eva. A Eva entrada en una cueva. Como aquel que dice: en la oscuridad los colores deslumbran más. Pero Eva está enroscada a su destino. Y su destino la lleva por derroteros cerrados, entre obligaciones y deseos y planes frustrados. Y el tiempo se le escapa entre los dedos de las manos como si fuera un gas inatrapable. Eva y el tiempo…

Esta vez un avatar hizo posible lo imposible. Ir a una cueva sencilla, hacer una foto y dar un paseo. Algo impensable. Un día antes Eva me hizo a través del teléfono todo un muestrario de vestidos, zapatos y complementos. Azul celeste fue elegido. Ananda nos iba a acompañar. Además de disfrutar de una bonita excursión me podía ayudar con los flashes.

Quedamos para después de comer. Recogí Eva en Astillero y a Ananda en la Cavada (en previsión de que Eva y yo fuéramos a ver la zona de escalada de Angustinas).  Subimos valle de Miera arriba hasta Ajanedo, dejamos el coche aparcado al lado de la carretera y anduvimos diez minutos hasta la Cueva de La Puntida. El bosque estaba exuberante y las ortigas eran tan altas como nosotros. Y ortigaban muy fuerte.

El ambiente tropical se esfumo en cuanto entramos en la cueva.  Avanzamos hacia la oscuridad sin alcanzarla. Nos detuvimos en un rincón desde el que se podía ver la boca y sus verdores pero desde el cual ya se vislumbraba la grandeza de la sala y el tamaño de su bóveda. Pensé un rato desde dónde debería encuadrar.

Puse los flashes de forma que iluminaran a Eva con su vestido azul celeste desde cuatro direcciones y los dos flashes restantes los use como complemento general. Ananda posó para las pruebas. Planteé la foto como un fusión de tres fotos. Tuve que cambiar la focal de varios flashes. Y le dije a Eva que se cambiase.

            Las fotos en sí nos llevaron quince minutos. Enseguida recogimos todo y volvimos al coche. Ananda quería llegar a su cita con los amigos en la playa. En La Cavada nos despedimos de él. Eva yo enfilamos la carretera a Angustinas. Desde el collado nos dimos un paseo para ver las vías. En una peña cercana se poso a observarnos una hermosa rapaz. A Eva le encantaron las vías y, sobre todo, el sitio. A la vuelta paramos en La Cavada a tomar unos líquidos frescos. La tarde iba cayendo con calma.




28/5/17

Bailando en la Oscuridad

Fotos: Hada, Miguel, Paco y Antonio
Texto: Ant on Io




Esta historia empezó a gestarse hace varios meses cuando me enteré que la hija de nuestra amiga Isabel bailaba. Enseguida tomé contacto con ella para preguntarle si estaría dispuesta a posar como bailarina dentro de una cueva. La respuesta fue positiva. Me dijo que no solamente estaba dispuesta a posar sino que una compañera de baile también lo estaría. En cuanto me puse a pensar en una buena localización recordé el Volcán de la Cueva de la Carrera pero, de entrada, lo descarte por su difícil acceso. Entonces me enzarcé en una desesperada búsqueda de localizaciones que me llevo por antiguos recuerdos, interrogatorios a amigos espeleólogos y visitas a cavidades. Tanto a viejas  conocidas como a nuevas y desconocidas para mí.
La visita a la Cueva del Escalón me convenció a medias. Un día de primeros de marzo me fui hasta esa cueva y localicé, entre varios escenarios, uno viable para bailar. Ese mismo día visité la red de entrada de Coventosa pero no me ofreció ningún escenario adecuado. Pocos días después entré en La Puntida. Encontré un lugar que cumplía casi todos los requisitos salvo el de tener un suelo limpio. Fijamos una fecha a mediados de marzo para ir a El Escalón.
Los días anteriores a la sesión fotográfica en El Escalón había estado diluviando. El lugar de las fotos iba a tener demasiados goteos y escorrentías. Decidí suspenderlo, buscar más y fijar una fecha para finales de primavera. La búsqueda me llevó a mirar los agujeros del valle del Miera cercanos a la carretera entre Rubalcaba y Mirones. Un tiempo después fui de visita al Cañón Oeste de La Cañuela. Hermosos sitios pero inadecuados por la escasez de superficie limpia y plana. Finalmente acepté que, aunque era difícil, el mejor lugar era El Volcán.
Llevar a las bailarinas hasta un sitio así era un reto en sí mismo. Hada y Raquel no tenían experiencia alguna en el tema de las cuevas y tenía que conseguirles monos, iluminación y arneses. Eran muchas cosas que transportar: el montón de material fotográfico, cuerdas, material de instalación y seguridad y además varias escalas. Pero lo más importante era que un grupo de experimentados espeleólogos, constituido por individuos de edades variadas y de ambos sexos, arropase a las bailarinas. Necesitaba unos cuantos ayudantes.
            Después de recurrir a mi abundante lista de contactos pude reunir un equipo suficiente de personas para ir el domingo 28 de mayo a la Cueva de La Carrera. Después de más de un año iba a hacer de nuevo espeleología con Nacho. Y, casualmente, en el último sitio en el que habíamos estado juntos. Paco, un nuevo integrante de nuestro club, también iba a venir. Marisa aportaría la presencia femenina en un mundo, la espeleología, dominado por varones. Miguel se dejo seducir por el plan: tenía una cuenta pendiente con El Volcán, un sitio al que no habíamos conseguido acceder pese a la infinidad de vueltas que dimos por la cueva aquel día (en aquella fecha no había corrientes de aire, ni tampoco cuerdas que indicasen el camino). También vino Oskar, quien siempre coincide conmigo en salidas surrealistas. La última vez fue en el sector de Sonámbulos (Gándara) realizando una balización exhaustiva con alfombras incluidas.


  


En Arredondo nos reunimos todos los integrantes del numeroso grupo, ocho en total, algo antes de que dieran las nueve de la mañana. El aparcamiento de la curva -que habíamos utilizado otras veces- fue el lugar de los preparativos y de la distribución de trastos. Por suerte Hada y Raquel portaban unas mochilitas con su material personal y los vestidos que iban a ponerse en la sesión fotográfica. Una vez distribuidos todo lo necesario el peso que llevaba cada uno no resulto excesivo. Algunos no llevaban saca o era demasiado pequeña para tanta cosa y eso complico un poco las cosas pero finalmente todo se estibó en alguna saca o mochila.
La subida no tenía marcas de carrera aunque había suficientes señales. Estando bien atento no se perdía la débil traza. Sudamos de lo lindo, así que la llegada al chorro de aire helado que exhala la boca fue refrescante. El primer tramo de la cavidad no presentó ningún problema. El camino resultaba evidente. Las balizaciones estaban bastante bien conservadas. En parte por ello, y en parte por la escasez de visitantes, el paisaje seguía casi impoluto. En pocos minutos nos plantamos en la zona del pozo. Hada y Raquel se habían movido hasta aquí con tanta -o quizás más- agilidad como cualquier espeleólogo experimentado. Se les notaba el exigente entrenamiento al que se someten continuamente. Pero ahora tocaba otro tema: las cuerdas.
La primera sorpresa del día fue desagradable: el pozo no estaba instalado. Teníamos material de sobra para instalarlo salvo una cosa: chapas. Se me habían olvidado. Por suerte Nacho tenía tres chapas. Decidimos usar la cuerda de 30 y dos chapas para realizar la instalación (había que reservar alguna para la escalada). Mientras tanto Miguel estuvo buscando un camino alternativo que no necesitase cuerda o que se pudiese instalar con naturales (como luego verificamos uno de los lugares que miro si permite una instalación más cómoda y sencilla que la actual) Una vez instalada la “forma” alternativa de bajar el pozo, unos 15 metros, con dos de las escalas que portábamos todo quedo listo para que bajasen las bailarinas. Con un dressler Miguel aseguro desde arriba el descenso sucesivo de Hada y Raquel mientras que Nacho supervisaba a mitad de pozo el buen desarrollo de la operación. La agilidad y buena forma de las dos chicas se demostró de nuevo.
A través de una laberíntica zona, en poco minutos, alcanzamos la base de la escalada. Aquí me llevé la segunda sorpresa. Pero esta vez fue una sorpresa agradable. Había una instalación completa con una cuerda. No tardamos más de quince minutos en estar todos arriba. Las dificultades de acceso habían sido superadas y mis temores, la noche pasada apenas pude dormir pensando en la logística, se fueron esfumando como una nube pasajera.
Una enrevesada zona, no exenta de ciertas dudas, nos llevo en poco tiempo al Volcán. Enseguida me percaté de que, aunque la zona es amplia y plana, los sitios adecuados para posar son acotados. Una gran parte de los suelos consisten en microgours de filigrana. Después de pensarlo un buen rato encontré el lugar de pose y la posición de encuadre. Además tuvimos la suerte de que inmediato a la zona de posar, pero fuera de la zona de protección, hubiese un rincón excelente como vestidor y ropero. La distribución de los flashes la realicé calzado con calcetines limpios y moviéndome con todo el cuidado del que fui capaz. Señales visibles no dejé ninguna.
Las chicas estaban listas y comencé con unas pruebas de iluminación. El flash Metz dio guerra como siempre, pero al final las cosas se encauzaron. Nacho se encargó de él para que pudiese estar a media altura y enfocado en la dirección correcta. El trabajo se realizó en posturas difíciles y con todo el mundo en posiciones muy acotadas. Era fascinante ver el potencial expresivo de las dos bailarinas encuadrado en un paisaje tan onírico como El Volcán. La incongruencia alimentaba la belleza. Las cosas se prolongaron lo suficiente como para que casi todos tuviesen tiempo de dar un paseo galería adelante. Yo me iba concentrando cada vez más y el tiempo dejó de transcurrir para mí. Acabamos las fotos en esa posición pero queríamos más y la hora de comer podía esperar.
Las chicas se movieron un poco y se cambiaron a los trajes de color naranja. Hubo que trasladar todos los flashes con extremo cuidado cosa de la que yo me encargué en calcetines. La segunda parte duro menos que la primera y fue mucho más ágil. Estaba claro que íbamos cogiéndole el truco al Volcán. Al principio pensé que los trajes naranja destacarían poco en un ambiente de tonos naranja/amarillo pero las fotos resultaron tan fascinantes como las otras.
            Un poco antes del Volcán hay unos bloques enormes con zonas planas adecuada para sentarse. Allí mismo sacamos la comida y la bebida. Mientras Miguel volvía de una de sus excursiones por los alrededores nos tomamos parte de la infusión que atesoraba en su termo. Durante la comida realicé unas fotos de recuerdo del grupo. Una de ellas salió bastante bien.
 



Ya no me preocupaba casi nada, salvo el detalle de cómo iba a ser de difícil para Hada y Raquel el ascenso por las escalas. Primero subimos Paco y yo para instalar la cuerda de seguro y una polea autoblocante. Nacho se colocó a mitad del pozo, en el fraccionamiento, para instruir y ayudar. Pensé que íbamos a tener que tirar de la cuerda de seguro pero las cosas funcionaron de una manera muy diferente: Raquel subió en menos de un minuto con una facilidad asombrosa y  después Hada repitió la hazaña. Como si lo hubieran practicado miles de veces. Sólo en los dos metros finales, saliendo a la cabecera,  -y debido al lío de la cuerda de seguro, la cuerda fija y la escala junto al pequeño desplome- les costo un poco. Creo que a todos nos impresiono la forma física y el entrenamiento de las dos chicas.
       Afuera volvimos a sumergirnos en un calor tropical. Las gafas se me empañaron. Cayeron cuatro gotas que alarmaron a Nacho. No eran más que las cinco y media. Y solo teníamos que bajar con placidez. Tiempo de disfrutar de la charla. La reordenación y ubicación de trastos nos llevo un buen rato en el parking. Las redes de comunicación nos atraparon de nuevo. Un poco después tomamos asiento en Arredondo para tomarnos unas cervezas. Cobrando protagonismo aparecieron muchas historias sobre la mesa. Entre otras los últimos acontecimientos mediáticos con Calleja en relación con el Gran Pozo MTDE. Nacho nos contó muchas historias al respecto y nos mostró unas cuantas fotos. Excelente y original alguna del Gran Pozo. Quedamos en hacer algo juntos más a menudo que en estos últimos tiempos…







21/5/17

Paraguas



Lo de ir a La Galiana fue una idea que se descolgó del almacén de inspiraciones un día que intentaba cuadrar mentalmente las próximas sesiones fotográficas. Resultaba casi imposible convencer a los implicados, la mayoría miembros del club, para estar todos a la vez, el mismo día, en la Cueva de la Puntida. Del poco tiempo del que dispone casi todo el personal reservar un día para un plan tan lento y aburrido -hacer una foto- no despertaba grandes entusiasmos. En cualquier caso la Cueva de La Puntida era en sí misma un factor positivo. Se trata de una cavidad fácil, bonita, cómoda, grande, en un entorno con mucha magia… pero cuadrar las agendas de los seis o siete model@s, más los ayudantes, era casi una quimera. Fue unos días antes, caminando por una senda de cabras, cuando me vino a la mente la obviedad: aprovechar el momento en que todos iban a estar juntos. Además La Galiana y el Cañón del Río Lobos bien merecían una nueva visita. Se trata de una cueva que visité a finales de los 70 cuando aún vivía en Madrid y estaba comenzando a hacer espeleología.
Reserve para nosotros, Marisa y yo, en el mismo albergue, situado en Hontoria del Pinar, que el resto del grupo. Fue una suerte que quedasen plazas todavía. Pudimos disponer de una habitación. Los dormitorios grupales están muy bien pero hay que adaptarse a los ronquidos -había varios roncadores- y a los hábitos nocturnos de la mayoría. El desmadre del fin de semana da vida. Marisa se puso a buscar en internet y encontró tres escuelas de escalada cercanas a Hontoria. Excelente plan: el sábado ir a escalar un poco y el domingo ir con todo el grupo a visitar La Galiana y a realizar la foto.
El viernes por la tarde, conducíamos hacia el este, disfrutamos del poco poblado paisaje sorianos en un hermoso atardecer. Pensando en que íbamos a llegar demasiado pronto paramos en Burgos y en Salas de los Infantes. Aunque no llegamos los primeros nos quedó un poco de tiempo antes de cenar. Al día siguiente, sábado, fuimos a escalar a una escuelilla cercana a Muriel de la Fuente y a La Fuentona del Río Abión. El lugar es llamado Abioncillo. Muchas vías asequibles en un sitio idílico con el rumor de un río y una pradera a pie de vías. Como a las cinco de la tarde estábamos reventados de escalar vía tras vía.
A la vuelta paramos en Navaleno y San Leonardo de Yagüe. Un poco para conocer la zona y otro poco para hacer tiempo. Pueblos en calma. Al menos en apariencia. Sin embargo en Hontoria la calma se había esfumado. Se celebraba la victoria sobre las tropas napoleónicas de unos aldeanos capitaneados por un guerrillero. Había mucha gente disfrazada de época, unos cuantos montados a caballo, y bastantes con trabucos y pistolones que disparaban según les daba. En algún momento los caballos, asustados por el ruido, estuvieron a punto de encabritarse. Opté por irme al albergue para estar en paz.
          Los compañeros no habían vuelto de sus actividades espeleológicas en el Cañón del Río Lobos (ninguno, salvo Juan). Al poco recibimos un mensaje comunicando su retraso. Hasta las diez por lo menos. Decidimos tomar la cena ya. El hambre acuciaba. Por fin aparecieron todos como a las diez y media muertos de hambre. El retraso era debido a que, sencillamente, eran muchos. Todavía les quedaron ganas de irse de copas hasta las dos de la madrugada. Mientras tanto yo dormí y dormí. No era nada especial, pero tuve muchos sueños.



A las ocho y media estábamos desayunando. Algunos terminaron de comerse lo que había sobrado en la cena. Creo que seguían teniendo hambre. Y después de alguna confusión, gente yendo y viniendo, nos fuimos hacia el Cañón del Río Lobos. Habíamos quedado allí para recoger la llave de La Galiana a las diez y media. Por el camino paramos en el Mirador de La Galiana. La vista es maravillosa. Justo debajo del mirador hay unas paredes verticales de plomada con unas posibilidades extraordinarias para trazar rutas de escalada. Aunque no creo que esté permitido.
La empresa de aventura que nos dejaba las llaves tenía un numeroso grupo de clientes que entraron antes que nosotros. Mientras el grupo de compañeros hacía tiempo en una cuevita cercana Marisa y yo fuimos, siguiendo al grupo de clientes, buscando la mejor localización para la foto. Necesitaba una zona de cierta amplitud, no demasiado inclinada, con formaciones en techo. Para la foto debían posar seis personas, con sus paraguas abiertos, de forma que se viesen bien todos. Una foto en la que intentaba reflejar la falta de armonía de las personas entre sí, la impermeabilidad ante la belleza, simbolizada por los paraguas abiertos, y el estrés, debido al exceso de trabajo y a la falta de tiempo para vivir. Después de colocarlo todo, ayudado por Marisa, y de establecer un encuadre adecuado, hice unas pruebas usando al grupo de clientes. Luego me senté a esperar a que los compañeros terminaran de ver La Galiana. Al cabo de un rato fueron llegando uno tras otro.
            Pese a que les había avisado una par de veces casi nadie había traído su paraguas. Por suerte, en previsión de esta eventualidad, tenía en la cueva una saca llena de paraguas variados y cada uno pudo elegir el que más le molaba. Las fotos en sí no nos llevaron mucho tiempo. Posaron tres chicas y tres chicos. Cuando acabé de hacer las tomas me pidieron que hiciera algunas fotos más menos formales que las anteriores Justo a la salida aún me paré a hacer otra foto. Poco después estábamos en un mesón cercano a la cueva tomando unas cervezas y contando todo tipo de historias. Las cosas no podían haber salido mejor…


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6/5/17

Localizaciones 3


Cañón Oeste de la Cañuela como alternativa para una sesión fotográfica compleja. Si se tratase de encontrar en una gruta un suelo limpio, libre de irregularidades, lo suficientemente plano, con amplitud y con belleza no encontraríamos muchas opciones. Y a todo eso, por si fuera poco, debemos añadirle que no sea difícil llegar hasta el lugar. Bueno no era más que un intento. A lo largo de esa famosa galería hay varios lugares interesantes para hacer otras fotos, pero no esa foto.
Hacía tanto tiempo que no volvía a la Cañuela que dudé un poco en la senda que conduce a la boca. La rampa final sigue tan llena de barro y piedras resbaladizas como siempre. La gran galería de entrada es un sitio sobrecogedor por la luz y la reverberación. El pasamanos está muy bien instalado. Mientras pasaba recordé con asombro el día que lo hice sin pasamanos (no se había instalado aún) escalando con una cuerda dinámica en travesía. Para asegurar una posible caída use empotradores y creo que algún clavo. Totalmente increíble, como si lo hubiera hecho otro ser humano diferente. Y es que aunque pensamos que somos uno en realidad no sabemos cuantos somos.
Más adelante encontré todo como recordaba. La cuerda con nudos para ascender un bloque patinoso, la zona del pozo del Arca con su cuerda y la desviación hacia la Sala de la Encrucijada. Continué por el Cañón Oeste adelante observando sus posibles galerías colgadas. Y sobre todo observando las posibles localizaciones para una foto con bailarinas. Sin duda hay varios sitios en esa galería con encanto suficiente como para merecer la pena usarlas como marco de una foto. Pero en cuanto a mis exigencias de una zona plana, limpia y amplia la cosa no da mucho de sí. Me dediqué a probar el muy notable focus-stack automático de la pequeña Olympus Tough fotografiando pequeñas formaciones. Y a mirar los recovecos accesibles sin muchas complicaciones.
El camino de salida se me hizo muy corto. Fuera ya la primavera reventaba por los costados. El viejo mastín que me había ladrado al acercarme a la boca ya no estaba por allí. Por la carretera del Puerto de Alisas, y sobre todo por su bajada hacia La Cavada, circulaban algunos ciclistas. Uno de ellos bajaba a tumba abierta y se me pegó a menos de un metro del coche intentando adelantarme. Lo viví como una situación muy peligrosa. Cuando la carretera se suavizó finalmente pude alejarme de él  y volver a respirar tranquilo.
          La realización de fotos se está complicando bastante: hay un sinfín de condicionantes además de la dificultad de la foto en sí misma. Pero en un futuro cercano espero que las fotos complicadas, sobre todo por los factores humanos, dejaran su espacio a otro tipo de fotos menos sociales y más introspectivas.  De no ser así esta tarea acabaría agotando la poca paciencia que poseo…





1/5/17

Cambio de Plan




Por unas razones o por otras César y yo habíamos tenido que posponer nuestra salida a lo largo de varios meses. Aunque el uno de mayo parecía que nos sonreía el destino, de nuevo estuvo a punto de irse todo al traste por un problema dental. Un simple tornillo de un esos cacharros, ¿se llaman ortodoncias?, que corrigen la posición de los dientes. Afortunadamente las cosas volvieron a encarrilarse. Algo in extremis pero… en fin que pudimos quedar para ir de cuevas. Mi propuesta era volver al Carcavuezo y para darle más cuerpo invité a Miguel y a Guillermo. Pero era demasiado tarde. Miguel tenía previsto entrar el domingo -30 de abril- a una cueva, porque daban muy malo, y salir el lunes de excursión -porque daban bueno-. Guillermo tenía que trabajar en su finca de San Pantaleón y, además, estaba resfriado. Así que de nuevo estábamos solos ante una actividad que, como todas las de espeleo-logía, es relativamente comprometida.
A las nueve nos reunimos en Solares y media hora después estábamos aparcando en Matienzo. Cuando pasamos por el sumidero me fijé en que había bastante agua. El domingo había llovido con mucha intensidad y Matienzo es una cuenca hidrográfica amplia cuyo drenaje es prolongado. Sin embargo todavía tenía esperanzas. Por el camino hacia el Carcavuezo encontramos un patito perdido. César lo cogió en la mano pero el animalito prefirió arrojarse al suelo sin una sombra de duda. Era un patito enternecedor. Si hubiera habido niños o mujeres el patito habría sido recogido y cuidado en casa. Nosotros confiamos su cuidado a la madre Naturaleza.
La noche del domingo había mirado la web “Matienzo Caves” y vi que durante el pasado enero los espeleó-logos ingleses habían limpiado el acceso oficial al Carcavuezo. Tenían puestas varias fotos y vídeos de los trabajos. Con esas imágenes en la mente encontramos a la primera y sin ningún problema la entrada. Sin embargo la entrada que utilizamos en junio pasado estaba irreconocible e imposible de utilizar. Además, según mis recuerdos, en esas fechas la entrada oficial estaba desaparecida bajo un mar de troncos y materia vegetal. Una maravilla. Hay además otro asunto: la entrada que usamos Guillermo y yo, hace un montón de años, requirió un corto tramo de cuerda para bajar un resalte. Nada de eso nos encontramos en la entrada oficial. Así que he de pensar que estamos ante tres entradas diferentes. Sin embargo uno de los misterios sí se ha resuelto: la entrada oficial conduce, tras unas decenas de metros, a la base del resalte final en la entrada que usamos en junio del 2016. Este lío continuará en próximas sesiones.
Tras avanzar sin problemas hasta el río del Carcavuezo nos dimos cuenta de que para continuar era necesario mojarse mucho o, quizás, mojarse entero. Intentamos varios caminos entre los bloques para evitar el agua. Pero la cosa no se arreglaba así que decidimos irnos por donde habíamos venido. En el camino de vuelta al coche ya no vimos al patito.
Teníamos la opción de ir a la Cueva de la Carrera pero, desde mi punto de vista, estaba demasiado avanzada la mañana. Se me encendió una lucecita: la Cueva del Torno. Estábamos muy cerca en coche, con poca aproximación y un montón de cosas por ver. El corto paseo conduciendo nos permitió disfrutar de unas vistas sobre el Mullir fantásticas. César mostro bastante interés por subir ese monte.
Solo nos llevamos el arnés con los cabos. Hay un pasamanos bastante aéreo y si se continua por la zona fósil hacia la la Sala del Torno hay algunas dificultades más. La entrada de la cueva apenas tenía humedad en contra de lo visto en el Carcavuezo. Hasta los caracoles estaban escondidos. Tampoco había demasiadas arañas. Pero César, fiel a su vieja costumbre, me dejo ventaja para entrar como un obús que no ve ni siente nada. Mi viejo amigo enseguida apreció la calidad laberíntica de la cueva. Una cueva no apta para niños según comentamos.
Nos fuimos encontrando muy a menudo murciélagos salpicando los techos. Tras el pasamanos le pregunté a César si prefería ir por la zona fósil o por la activa. Eligio la fósil.  Inmediatamente pudo –pudimos- disfrutar de las dos gateras de Andy’s Back, paso obligado hacia la zona fósil. Fuimos a ver la zona arqueológica en donde se encontró un cráneo humano datado en la Edad del Bronce si mal no recuerdo. Y luego continuamos por hermosas galerías fósiles hasta la escala de 4 metros, el pasamanos, el meandrito, los gours fósiles y la desembocadura en Rampant Rabbit.
Primero visitamos, hacia nuestra derecha, hasta donde comienzan las nuevas extensiones/exploraciones de los ingleses. De vuelta  nos paramos a comer en una cómoda zona arenosa. Un poco después nos pusimos a mirar el meandro que desde Rampant Rabbit desemboca en Torno Chamber. No me acordaba bien y no llevaba topografía de la cueva. Decidimos que no nos apetecía empezar a hacer pruebas de por donde se iba a Torno Chamber y que era mejor iniciar la salida con tranquilidad. Quizás alguna foto.
            Durante el camino de salida volvimos a apreciar la calidad entrenadora de la Cueva del Torno. Nos paramos un par de veces a descansar descansando. Pero antes de que pudiésemos darnos cuenta ya estábamos fuera. El día seguía bueno, eran como las seis y media y nos fuimos a tomar unas cañas y a charlar de mil cosas. Debíamos preparar alguna nueva aventura…








29/4/17

Un día de Primavera



Hace pocos días, cuando le propuse a Jesús una foto en un entorno de cueva para el fin de semana del 29/30, él me dijo que iba a ser difícil porque tenía a Alan a su cargo pero, aún así, quedo en darme una respuesta definida al día siguiente. Felizmente la respuesta fue positiva, Alan se vendría a la excursión, y, en consecuencia, pude pasar a la siguiente fase de la organización de la sesión. Le puse un wassap a Laura y después de un breve chat tenía su promesa de venir a realizar la foto.
El sábado por la mañana -habíamos quedado en Solares- me llamó por teléfono Jesús para decirme que tenía dificultades insuperables para llegar a las diez. Como solución retrasamos la cita a las once y media. En ese tiempo añadido todos pudimos adelantar trabajos y tareas en casa.
Finalmente Jesús y Laura supieron quien era el otro en la foto. Yo sentía curiosidad ante esta reunión de una profesora recién llegada a la profesión y de otro con un largo camino recorrido. No es difícil imaginar que también ellos, aunque se conocían ya, sentían curiosidad mutuamente. Una conversación fluida se instalo entre los cuatro (a la postre Alan no vino): ellos dos , Marisa y yo. Montamos en el Avensis para ir más cómodos.
La Primavera estaba exultante esa mañana. Eso podía percibirse en el murmullo de la vida vegetal, en las conversaciones entre los pájaros y en el frenesí de todos los bichos vivientes. Y también en los pensamientos. Uno tiene pensamientos primaverales que son muy diferentes de los pensamientos invernales o de otras estaciones. Desde el aparcamiento hasta la cueva de La Puntida un paseo por la pista hacia Ajanedo y un ascenso por senda boscosa alimentó la sensación de acierto. Era un momento perfecto para pasear por esos lugares.
La enorme boca de la cavidad era el lugar adecuado para pararse unos minutos y comprobar que las luces frontales funcionaban. Un poco más adentro la penumbra se adueñaba de todo y más allá imperaba la oscuridad. No íbamos mucho más lejos del límite de la luz, pero sí lo suficiente para necesitar iluminar nuestro camino. Anduvimos suavemente por esa cueva que guarda misterios, o tal vez sólo preguntas sin respuesta. La de su posible conexión al Sistema del Alto del Tejuelo es, casi con seguridad, la que más interés levanta.
           Al pasar unos grandes bloques -con incómodos y algo delicados pasos- la luz proveniente de exterior se esfumó por completo. Al continuar adentrándonos Laura preguntó si íbamos a ir más adentro. A Laura las cuevas no le hacen mucha gracia. La respuesta que di, en la que mezclé alguna reflexiones acerca del uso ancestral de las cuevas como refugio, tranquilizo un poco a Laura. Nos faltaban menos de cien metros. Prácticamente nada. Al pasar una gorda columna la galería se humanizaba y el paisaje cobraba unas dimensiones perfectas para poder trabajar con el equipo humano y con el equipo técnico. Nos asentamos en un lateral y mientras yo comenzaba a colocar los artefactos Jesús se dio un paseo hacia la soledad y Laura permaneció cercana a Marisa y mí. En una media hora todo estaba listo para hacer las fotos.



La primera serie consistió en expresar admiración y respeto por la cavidad. La segunda serie fue algo parecido a un teatro interactivo entre ellos dos basado en sus roles laborales. Les dije que inventasen o que sugiriesen otras poses pero la cosa siempre se pone complicada cuando a los modelos se les pide que inventen o improvisen. La mayoría prefiere ser dirigido, requiere menos esfuerzo mental. En este sentido puedo decir que la diferencia entre estas fotos y una foto espeleo-lógica tradicional es, sencillamente, que en el último caso los modelos solo se interpretan a sí mismos como lo que están haciendo: espeleo-logía. Por lo tanto no requiere ningún esfuerzo mental especial, salvo aguantar pacientemente los requerimientos del fotógrafo. Para rematar la faena nos hicimos una foto todos juntos.
En vez de volver hacia el coche les sugerí que diésemos una paseo ascendiendo al Valle de Bordillas por la mini-ferrata  que se inicia a unos metros de la boca de La Puntida. El entorno y el sendero son sumamente hermosos y se complementan con la sorpresa que produce el valle colgado de Bordillas. Con una calma exquisita por mi parte, admirando el paisaje y haciendo alguna foto más, volvimos al coche. Era algo tarde para plantearse ir a escalar así que hice una propuesta, bien recibida, de ir a tomar algo en el mesón del camping de San Roque. En pocos minutos estábamos sentados ante unas cervezas 942 // Leyenda. Cayeron unas croquetas y una ración de queso. Se habló mucho de cosas de nuestro gremio. Sobre todo de la selección de nuevos profesores –llamase oposiciones- y de la postura de los distintos estamentos a cómo deberían formularse. Pero todo esto es harina de otro costal.  



9/4/17

Esfuerzos



Muy lejos de aquellos lugares, cuando ya ha pasado mucho más de una semana, me parecen irreales las dificultades que se acumularon esos días. Pensé que alguien, dotado de algún  poder oscuro, había conseguido envenenar el devenir de forma que nada ocurriese según mis proyectos. Las cosas no ocurren por casualidad. La ignorancia y la falta de luces declaran “casualidad” a la infinita, pero simple a la vez, causalidad universal. De cualquier forma me iba inclinando a creer que aquello no saldría bien. La falta de aliento, tal vez la desesperación, estaba servida.
Semanas antes de los eventos un compañero me había narrado la difícil situación por la que pasaban los permisos y visitas al Sistema de Los Chorros. Algunos compañeros habían tenido dificultades con las autoridades debido a malentendidos y faltas de acuerdo con otros espeleólogos asiduos al Sistema. Mis amigos no se encontraban con ánimo para ayudarme con el proyecto que les planteaba. Sin embargo pensé que aunque faltasen dos o tres compañeros siempre habría cinco o seis espeleólogos que posarían para la foto en la Sala de las Espadas. Mavil me dijo que él tenía permisos de visita pedidos con varios compañeros para los primeros día de la Semana Santa. Aunque otros, la mayoría tal vez, parece que sólo podían ir el fin de semana y, por lo tanto, debían pedir permisos independientes. Es decir los días ocho y nueve de abril. Mi prioridad era hacer un retrato colectivo de los espeleólogos que, atesorando multitud de visitas, más conocían el Sistema. Y, claro está, el proyecto era retratarlos en su elemento. Aunque sin mucha fe pedí un permiso para el día diez de abril con Perico.
Sin necesidad de pensar demasiado había elegido para el evento la Sala de las Espadas en la Cueva del Farallón. De fácil acceso, con una belleza peculiar y escenario de hermosos recuerdos para muchos compañeros, se trataba del lugar perfecto para una tal puesta en escena. Cuatro días antes no nos habían contestado las autoridades del Parque de los Calares del Mundo y yo estaba pensando en lo peor: no iba a haber permisos. Pero el jueves fueron llegando los dichosos permisos por email. Todos los permisos solicitados. Por el contrario, se confirmó la imposibilidad de uno, dos, tres, cuatro y cinco espeleólogos para venir el día diez. Sólo les era posible a dos espeleólogos, insuficientes para una foto como la proyectada. Pensé que no merecía la pena seguir adelante con el tema. Me dediqué a hundirme en el desánimo y en los oscuros pensamientos de auto compasión. El sábado por la tarde me fui a escalar con una amiga al sector Presa de Mula. No se me dio demasiado bien pero, al menos, me olvidé un poco de mi fracaso.
El sábado por la noche, ya tumbado en el sofá, recibí una llamada de Perico relatándome que allí, en Riópar, iban a estar ese domingo, día nueve, al menos cuatro compañeros integrables en la foto. No se trataba del ideal en que yo había estado soñando pero era mucho mejor que nada. Le pedí a Perico que me confirmara por wassap si estaban dispuestos a posar en la foto. Me respondió con un escueto “Si”. Quedamos a las nueve y media en Los Bronces.  
A las seis y media de la mañana me encaminé hacia la gasolinera de El Puente. Cargue el depósito y continué hacia Hellín. A esa hora de la mañana hacía fresco y las nubes decoraban una parte del cielo. Me paré a tomar un café en Elche de la Sierra. La temperatura era muy baja, unos 3ºC. Por el camino hice algunas paradas más para echar un vistazo a algunas paredes, y también para hacer fotos con el sol muy bajo y medio oculto por las neblinas matutinas. Me adelanto un coche en el que iban Esther y Tocho. En Los Bronces no había ningún compañero todavía. Encargué un apetitoso desayuno formado por café, una tortilla francesa y media ración de oreja a la plancha. Poco después comenzaron a llegar. Nadie, salvo Perico, sabía cosa alguna sobre fotos y sesiones durante el domingo... Perico en un arriesgado triple salto me había dicho que “si” sin hablar con ellos. Afortunadamente el verdadero si me lo fueron dando los compañeros en ese momento. Lo que es más cierto es que sin el ficticio de Perico la foto no se habría realizado ese día (y tal vez nunca).   
Confirmaron su presencia Reche, quien llevaba una mesa plegable, Perico, dos amigos de Perico, Mavil, Esther, Tocho y tres amigos de Esther. Me fui al pueblo a buscar dos silletas plegables -sólo teníamos una silla inadecuada-. La ferretería estaba cerrada y, aunque los propietarios viven al lado, no me pudieron atender porque la mujer había parido esa noche. Pero en el supermercado tenían de todo y, por el módico precio de doce euros, conseguí dos silletas plegables de playa. Volví muy contento: parecía que todo se iba arreglado. En pocos minutos partimos hacia la Cañada de los Mojones en tres coches: el de Perico, el de Esther y el mío.
             Por el camino nos paró un guarda medioambiental para pedir los permisos. Sin permiso no se puede entrar a ninguna cavidad del Parque pues los controles son exhaustivos y la falta de permiso conlleva multas y otras desagradables consecuencias administrativas. Hacía fresco, casi frío, y los preparativos junto a los coches nos llevaron un buen rato. Esther y sus amigos, partieron bastante antes que nosotros y se llevaron algunos de los trastos que debíamos transportar hasta la Sala de las Espadas.  Detrás fuimos el resto, guiados por Mavil, charlando y/o en silencio según el momento y quien. Más adelante -no había toros bravos en esta época- otro guardia medioambiental nos volvió a pedir los permisos. El camino por los Mojones es largo pero muy apacible. No hay cuestas arriba ni nada que se parezca a una senda difícil. Así que pudimos llegar a la Cueva del Farallón sin sudar y sin cansancio. Esther y sus amigos almorzaban ya. Y nosotros les imitamos antes de iniciar la entrada.

 
Perico, Reche y yo entramos los primeros para ir por la ruta más directa a la Sala de las Espadas. Era importante colocar todo cuanto antes para cuando llegasen todos los modelos. Mavil entro con Esther y sus amigos para guiarles por una ruta alternativa. El recorrido por la Cueva es fácil y muy gratificante debido al encanto de sus galerías. Una corta gatera es la única dificultad que tiene la ruta. Hice algunas fotos sin pretensiones con la Olympus Tough. Al entrar en la Sala no lo teníamos claro. Me fui demasiado adentro, donde hay formaciones pero no amplitud para colocar los elementos de la foto en el encuadre. Por suerte Perico salió en mi ayuda y se dio cuenta de que la mejor zona de la Sala está justo a su entrada.
Comencé colocando los flashes en posición pero sin los trípodes (los traía alguien en el grupo de Esther). Para cuando acabé ya llegaban los trípodes y tras su rápida sujeción pudimos encenderlos. Después de encuadrar hice unos disparos de prueba pero el flash Metz no me obedeció. Me lo traje para dispararlo manualmente. Como no me gustó el resultado opté por recolocar uno de los Yongnuos en posición frontal. Y aquí la cosa empezó a mejorar. Mientras tanto Reche y Perico habían colocado la mesa y las silletas y una vez que llego el último modelo, y se pusieron los cuatro ropa aseada, pudimos empezar a hacer pruebas de iluminación. Hubo que corregir casi todo. Mucha luz frontal y poca de contraluz. Pero después de cierta cantidad de pruebas me sentí satisfecho con los resultados. La botella de champan y las copas hacían un efecto maravilloso en la escena. Aunque algunos amigos de Esther se habían ido a visitar otras galerías en las últimas tres fotos integramos a una amiga de Esther, previa copa en la mano, como recuerdo del evento.
Mientras recogíamos la multitud de trastos algunos fueron saliendo. En pocos minutos estábamos todos fuera salvo Esther y sus amigos. Tomamos un refrigerio y partimos hacia la Cañada de los Mojones. La vuelta se me hizo un poco más larga, quizás porque el sol daba fuerte y por la débil pendiente -que ahora tocaba cuesta arriba-. Ya habíamos ordenado el equipaje y tomado unas cervezas -invitados por Perico- cuando encendimos los motores para bajar. Mavil venía conmigo y el resto iba con Perico. Había empezado a rodar mi coche cuando los del otro nos gritaron para que paráramos. Una raíz sobresaliente les había rozado los bajos y había dañado el conducto de alimentación. Todo el gasóleo se estaba derramando. Perico y  un amigo intentaron arreglarlo con los medios disponibles pero todo fue inútil. Llamamos al seguro que nos confirmó una grúa desde Riópar en media hora. Debido a la noticia subieron desde Riópar dos coches con más amigos. Al final Perico se quedo esperando a la grúa, que ya estaba de camino, y todos los demás partimos hacia Riópar.
         Nos reunimos en Los Bronces Mavil, Perico, yo y Esther con sus amigos (el resto se marchó directamente). Tomamos algo y hablamos mucho. Sobre todo de cosas trascendentes que, sin saber cómo ni cuando, se habían colado en nuestra conversación. De espeleología esquizofrénica, de religiones con Dios y sin Dios y de cómo parar el carro. Cuando me despedí de ellos puse rumbo hacia Alguazas. Por el camino comí sangre encebollada, esas son cosas del sur, y tome más cerveza… 











24/3/17

Efectivos



Contemplé como se  extendía el Mediterráneo, azul bajo el sol, hasta el horizonte enmarcado por la nítida línea de la costa. Podía verse claramente desde Cabo Cope  -y más allá hacia Cabo de Gata-  hasta la Punta de la Azohía en el otro extremo del arco. Esa costa que me traía, y trae, tantos recuerdos maravillosos cada vez que la veo de nuevo. Hubo un momento de felicidad y liberación al tomar conciencia de que vivía en un momento sin límite. Como quien caminando por una peligrosa jungla, en la que no podemos ver el sol por la densidad y enormidad de la vegetación, desemboca en un gran claro con una hermosa y hospitalaria casa colonial junto a un lago. Pero esa agradable sensación fue sustituida rápidamente por la de penoso esfuerzo. Solo éramos dos, Joaquín y yo, y teníamos que subir unos doscientos cincuenta metros de desnivel acompañados por tres sacas. El material de verticales de ambos, algo de comida, las dos maletas de material fotográfico (más un flash suplementario), los trípodes, los trajes con el correspondiente calzado, tres cuerdas de 30, 50 y 60 metros, abundantes mosquetones, material de seguridad y líquidos para hidratar. Tenía la sensación de portar un armario. Aunque comencé con bastante fuelle acabé casi reventado. Había comido hace un rato un plato de cocido y eran las cuatro.
El primer pozo nos liberó de la cuerda de 30. Un peso menos. Yo llevaba dos sacas colgadas del arnés y en el pozo, que no es lo que se dice amplio, me dieron tormento en buena dosis. Delante iba Joaquín con una saca llena de cuerdas montando la sima. La grieta en rampa se baja bien gracias a unos tacos de madera que han instalado en las paredes a modo de escalones. Pero la presencia de dos voluminosos bultos hacía que el destrepe fuera cualquier cosa menos cómodo. Gracias a que Joaquín volvió a por una de las sacas -aunque había llegado ya a la cabecera del segundo pozo- pude respirar un poco más profundo. Curiosamente esa zona era recorrida por una fuerte corriente de aire fresco. La impresión era que descendía desde la boca. Sin embargo es difícil justificar la existencia de esa corriente teniendo en cuenta que fuera la temperatura rondaría entre 10 y 15ºC y dentro, sin duda,  entre 20 y 30ºC. Es posible que se trate de una circulación en anillo en la cual hay un río descendente de aire fresco y, por otro lado, un río ascendente de aire caliente. La boca debería dar paso a ambos ríos…
          El segundo pozo, cuya instalación es bien fácil, no nos dio problema alguno salvo conseguir que las dos sacas no se atascasen en las estrecheces más estrechas. Joaquín estrenaba en cavidad real un prototipo del frontal que está en una avanzada fase de diseño. La luz que genera -en el modo de corto alcance- es lo más parecido que he visto a la iluminación de los viejos carbureros. Con la ventaja de que ahora podremos escoger la temperatura de color de la fuente de luz. Indudablemente será un gran paso en iluminación subterránea, tanto en actividades espeleológicas como mineras. Mientras descansábamos y nos hidratábamos un poco tras las estrechas estrecheces hicimos algunas pruebas de sus posibilidades. Disparé algunas fotos con su luz para ver el efecto. Como podía esperarse salieron en tonos muy cálidos pero con luz difusa, no puntual, útil en fotografía.



La red intermedia nos proveyó del calor de la cueva y del calor que generamos arrastrando dos sacas, y la cuerda de 50 restante, por unas cuentas gateras. Y el pozo de acceso a la Sala Cartagena no nos dio nada más que el placer de saber que estábamos llegando al lugar de la sesión fotográfica y que, durante un buen rato, no íbamos a seguir cargados como burros. Observé que en el Callejón de las Flores, una zona estrecha repleta de flores de aragonito, los espeleos murcianos han sido cuidadosos y solamente han rozado una de las paredes. Tal cosa es sorprendente y digna de alabanza dada la fragilidad de las formaciones y la cercanía a la que obliga el paso estrecho. No menos sorprendido y satisfecho me sentí al ver la sólida y limpia balización de senderos en la Sala Cartagena. Esto, junto a lo ya observado en el Pulpo y La Higuera, me confirma que los murcianos se han tomado muy en serio la conservación de la belleza encerrada en el mundo subterráneo. Efectivos espeleos.
Escoger la ubicación del modelo no fue difícil. Se trataba de recoger lo que caracteriza más a esta sala: las formaciones de aragonito. Una vez elegido el encuadre dispusimos los flashes, los encendimos e hice pruebas de iluminación. Debido a la blancura de casi todo lo que hay en la sala tuve que modificar a la baja todos los flashes. No me costo demasiado tiempo estar satisfecho. Hicimos dos series. En una el modelo representaba al hombre serio y responsable que es Joaquín y en la otra la mamarrachada más grande que se le ocurrió. No hay que olvidar que su vestimenta era muy festiva y juerguista: ¡un traje de huertano murciano! No contentos con una sola ubicación decidimos realizar otra serie en un punto diferente, en donde el techo y sus formaciones se hacían protagonistas del paisaje. Aunque todo esto sucedía a gran velocidad mental yo sabía, Joaquín no, que el tiempo estaba transcurriendo en grandes cantidades.
Llegó la hora de recoger y lo que es peor de todo: subir los pozos arrastrando las sacas. El primer pozo me costo bastante. También le costo a Joaquín. Las zonas peores son el comienzo y la llegada a la ventana en la cabecera del pozo. Siempre que pude subí escalando. Para pasar la red intermedia llevábamos uno de los cabos de la cuerda hasta el tope y luego se recogía. Así cuatro veces. Nos ahorramos el recoger la cuerda en un mazo y luego el deshacer el mazo. Para el segundo pozo me administre una dosis de paciencia y extremé las precauciones con la saca en las estrecheces. Las cuerdas fueron pasando unidas entre si como una serpiente. La última estrechez fue un verdadero parto. En un punto se enganchó la saca y tuve que negociar con ella un rato hasta que decidió moverse. En la base del primer pozo acumulamos en un montón ordenado 50+60 metros de cuerda y unimos el final a la punta de la cuerda de 30. Solo tuvimos que tirar desde la boca de la sima para que todas las cuerdas saliesen dócilmente.
            Unos minutos después daban las 11 en el reloj de la Ermita de Isla Plana. Entre unas cosas y otras se nos fue más de una hora en llegar al coche, cambiarnos y ordenar todo. Queríamos tomar una cerveza pero todos los bares estaban cerrados. Finalmente encontramos una cafetería abierta en el Puerto de Mazarrón. Me tome una maravillosa pinta de cerveza con anchoas, aceitunas y cacahuetes. Poco después, ya en camino hacia Alguazas, repasábamos mentalmente las aventuras pasadas en la Sima Destapada y hablábamos sobre futuros proyectos. Como siempre, será la vida quien dicte los senderos a transitar…